sábado, 22 de enero de 2011

Pobreza de mi época - de Luis Luchi*

Tienen mis hombres penas, piden limosnas, pasan hambre esos hombres; poco le dan. Son pobres los hombres de mi país. Médicos pobres enojan a los hospitales con los pobres gratuitos. Los pobres ladrones roban a los pobres transeúntes humillando su queja a los pobres vigilantes.
Hay gente rica en mi tiempo, tienen sus cantores.
Calor tienen, la vida no refresca, cenan irregularmente, duermen sobresolados, mueren despreciados y humillados, son debilmente pobres. Aman. Propagan la especie de pobreza, más importante que amar tienen. Llegan a hijos mis pobres, frío húmedo los hace viejos. Llueve y se mojan, si no está nublado, tristes pobres, los recuerdos son los culpables. Son muy pobres.
Un maestro pobre descubre un retrato de un héroe pobre y da el nombre a una calle pobre, sin árboles. Duelen las muelas; les duele no tener amigos y no hay nada para darles. Si no hay nada para dar se empieza a sentir pobre, mira desde la vereda de enfrente su casa de pobre.
Su pobre país. Su época pobre. Y entra a averiguar ¿cuántos pobres en total somos?

*Luis Luchi de "Ave de paso" (1973)

Luis Yanischevsky Lerer nació en Buenos Aires en 1921; fue integrante de los grupos "El matadero" y "Gente de Buenos Aires". Por propia decisión, prefirió permanecer al margen de cualquier manifestación de la cultura literaria oficial y no figura en ninguna de las más importantes antologías de poesía argentina. Entre sus obras se destacan El ocio creador (1964), Poemas de las calles transversales (1969), Ave de paso (1973) y Resumen del futuro (1984). Exilado en Barcelona desde 1976, murió en esa ciudad en octubre de 2000.

viernes, 21 de enero de 2011

Sin nombre

De repetidas representaciones
y verbos,
intentaba escaparme.
De frescas figuraciones
y lirismos
quería abarrotarme.
El ronroneo de ese capricho
me surgía...
Se escabullía
serpenteando sensaciones;
y brotaba de la nada nuevamente.
Se evaporaba
o emergía así,
de pronto.
Y es cierto,
si exagero sentimientos corro riesgos.
Y no existe frase exacta sin tu rostro.

jueves, 20 de enero de 2011

Lunfardo y erotismo

“Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida... Cuando voy pa’ mi cotorro lo veo desarreglado... Y si vieras la catrera cómo se pone cabrera cuando no nos ve a los dos...”
Las voces lunfardas de nuestro idioma porteño, a orillas del Río de la Plata, tienen cierta mezcla surgida del erotismo y la marginalidad. En la actualidad, usamos algunas de ellas con la naturalidad que el paso de los años ha permitido y constituyen el universo de la lingüística porteña .
Según la Real Academia Española, el lunfardo, es la jerga propia de la gente de mal vivir (ratero, caco, chulo o rufián). La palabra lunfardo significa ladrón.
Algunos autores indican que el verdadero lunfardo es propio del dialecto de los ladrones, sin embargo el transcurrir del tiempo ha extendido su sentido al habla popular de los sectores marginales. Podríamos decir que su significado implica a: a) el habla popular, b) el vocabulario de la inmigración (la italiana sobre todo) y c) el idioma del delito.
Dice Virginia Martínez Verdier, en su artículo “El amor y la sexualidad en el lunfardo”, que “en otros países, el código del mal vivir equivalente a nuestro lunfardo, se denomina germanía en español, narquois en francés, gergo en italiano, rotwelsh en alemán, slang en inglés, giria en portugués, etc. Estas son lenguas utilizadas en fraternidades para que sólo sus miembros las entiendan”.
Para contextualizar históricamente el surgimiento del lunfardo, debemos remitirnos a fines de 1800 y comienzos de 1900, cuando Buenos Aires, recibe una gran cantidad de inmigrantes que se entremezclan aceleradamente con la población local. Quedando por un lado la burguesía tradicional, luego los sectores medios de inmigrantes con ilusión de progreso, y grupos marginales en las orillas de la ciudad (Barracas, la Boca, Palermo, Pompeya y otros).
Estos sectores marginales de las orillas, se fueron armando particularmente de trabajadores solos, sin familia, sin mujer, ni arraigo. En el comienzo fueron troperos criollos que llevaban el ganado a los mataderos, peones de las barracas laneras y frigoríficos, marineros, carreros y cuarteadores.
Rápidamente surgieron los cafés, las pulperías, los salones de baile y los prostíbulos. Integrándose muy lentamente inmigrantes marginales con grupos criollos tradicionales de los barrios populares o suburbios orilleros, esta sociedad marginal elaboró sus propias reglas, ideales y formas de convivencia de las que nacieron estereotipos sociales como el malevo, el guapo, el compadrito, el canfinflero, la percanta, la yira, la milonguita, el ciruja, que se sumaban a los cuenteros, las adivinas, los punguistas. Todos ellos compartiendo el famoso conventillo, en condiciones de promiscuidad y deficiencia habitacional.
Fue a partir de esa convivencia que se creó el lunfardo -como modo particular de habla-, el tango -como canción y baile- y el sainete -como expresión teatral-.
Nacidos en los burdeles y piringundines, el lunfardo y el tango se relacionaron estrechamente con lo prohibido, lo indecente, en cuna de guapos, cafishios y milongueras marcando la sexualidad de aquella época. Con historias de varones traicionados, de cafishios y malevos, de amores imposibles, mujeres buenas y «de las otras», de prostíbulos, de «vicios», de madrecitas santas, el tango fue pintando una acuarela de la primera mitad del siglo pasado; y, con sus letras, fue manteniendo vivo al lunfardo, que dejó de ser un código lingüístico cerrado, para formar parte del porteñismo de diversos sectores sociales.

'El sexo sólo es sucio si se hace bien''

Postal de la serie "Sexualidad y cambio climático" (II)

'¿Es sucio el sexo? Sólo cuando se hace bien'. Woody Allen

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domingo, 16 de enero de 2011

La seducción del silencio

Hay silencios que marcan, que traicionan, que estremecen de terror; pero hay silencios casi sagrados, -a veces en soledad, otras compañía-, que llenan de placer cualquier instante de nocturnidad... 
Sobran las palabras. Arden los sentidos...
"Tomemos a la muchacha del piso de arriba, por ejemplo. ...Solía bajar de tanto en tanto, cuando mi mujer daba un recital, para ocuparse de la niña. Tenía un aire tan simple que al principio no le presté la menor atención. Pero, como todas las demás, también tenía su vagina, una especie de vagina impersonal de la cual estaba inconcientemente candente. Cuanto más a menudo bajaba, tanto más conciente se hacía, a su manera inconciente. Una noche, estando ella en el baño, después de haber permanecido allí durante un tiempo sospechosamente largo, comencé a pensar ciertas cosas.
Decidí espiar por el ojo de la cerradura y comprobar por mí mismo qué era lo que sucedía y, ¡oh sorpresa! la muchacha estaba parada frente al espejo, mirando y acariciando su pequeño gatito. Casi hablándole.
Me excitó tanto que, al principio, no sabía qué hacer. Volví a la habitación grande y apagué las luces, y me tendí en el diván esperando que ella saliera. Mientras estaba tendido allí aún podía ver su sexo peludo y los dedos que parecían tamborilear sobre él. Me abrí el pantalón para que mi miembro se refrescara en la oscuridad. Traté de hipnotizarla desde el diván, o por lo menos traté de hacer que mi miembro la hipnotizara. "Ven aquí, hija de perra", me repetía, "y pon ese sexo sobre mí". Debe de haber recibido el mensaje inmediatamente, porque un instante después abría la puerta y estaba tanteando en la oscuridad para encontrar el diván. No dije una palabra, no hice el menor movimiento. Sólo mantuve mi mente fija en su sexo que se movía silenciosamente en las tinieblas como un cangrejo. Finalmente estuvo de pie al lado del diván. Ella tampoco dijo una palabra. Solamente se quedó allí silenciosa y, cuando yo deslicé mi mano entre sus piernas movió un pie para abrirlas un poco más. No creo que jamás haya tocado un cruce más jugoso en toda mi vida. Era como un engrudo corriendo por sus piernas y si hubiera habido carteles podría pegar una docena o más. Después de algunos momentos, tan naturalmente como una vaca inclina la cabeza para pacer, ella se inclinó y lo tomó en su boca. Le introduje mis cuatro dedos, frotándola hasta sacarle espuma. La boca de ella estaba llena hasta la sofocación y el jugo se derramaba por sus piernas. No dijimos una palabra, como digo. Sólo un par de maníacos trabajando pacíficamente en la oscuridad, como sepultureros. Era una paradisíaca manera de hacer el amor."

HENRY MILLER, Trópico de Capricornio